lunes, 25 de abril de 2011

¿Por qué sufrimos?

¿Por qué permite Dios que haya sufrimiento? ¿Será que no se conduele de nosotros?
     No te quepa duda: Dios se compadece infinitamente de nosotros. A Él le duele vernos padecer a consecuencia de nuestras malas decisiones, o de los yerros y desaciertos ajenos. La Biblia dice: «El Señor es, con los que lo honran, tan tierno como un padre con sus hijos; pues Él sabe bien de qué estamos hechos: sabe que somos polvo» (Salmo 103:13,14 (DHH)).
     Jesús también nos comprende y se compadece de nuestras debilidades, porque fue «tentado en todo según nuestra semejanza» (Hebreos 4:15). Él conoce bien lo que es sufrir. Padeció más que ninguno de nosotros cuando lo azotaron y lo crucificaron por los pecados del mundo.
     Además, en la Biblia Dios promete que un día acabará el sufrimiento para quienes lo amen. En el Cielo, «enjugará toda lágrima de [nuestros] ojos [...]; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas [pasarán]» (Apocalipsis 21:4).
     Entre tanto, no debemos olvidar que los disgustos y pesares pueden tener un efecto benéfico. Por ejemplo, en muchas ocasiones hacen que las personas se vuelvan más dulces y bondadosas. Los padecimientos, los sacrificios y las desdichas hacen aflorar las mejores cualidades —amor, ternura e interés por los demás— en quienes no permiten que esos trances los encallezcan o amarguen. La Biblia dice que consolamos a los demás «con la consolación con que nosotros mismos somos consolados por Dios» (2 Corintios 1:4 (RVA)). Quienes hemos descubierto el amor de Dios expresado en la figura de Jesús abrigamos un profundo deseo de dar a los demás las soluciones que hemos hallado, las cuales pueden aliviar su sufrimiento y ayudarles a resolver sus problemas.
     Si bien la lectura de la Palabra de Dios nos desvela muchas de las razones del sufrimiento, es probable que no lleguemos a descubrir todas las respuestas a ese eterno interrogante hasta que lleguemos al Cielo. Los caminos de Dios difieren de los nuestros. Hay cosas que sencillamente no entenderemos hasta que las veamos tal como las aprecia Él (Isaías 55:8,9).
     Cierta vez el Dr. Handley Moule (1841-1920) ilustró de modo muy gráfico ese principio al visitar una mina de carbón luego de una terrible explosión subterránea. En la entrada de la mina se había congregado una multitud de personas, entre ellas los familiares y seres queridos de los mineros atrapados.
     —Es muy difícil para nosotros —comentó— entender por qué permitió Dios que se produjera una tragedia tan terrible. Tengo en mi casa un viejo señalador de libros que me regaló mi madre. Es de seda bordada. Si observo el revés no veo más que hebras entrecruzadas que le dan aspecto de algo mal hecho. A primera vista se diría que fue confeccionado por un inexperto. Pero si le doy la vuelta aparece en hermosas letras bordadas la frase: «DIOS ES AMOR». Hoy abordamos esta tragedia por el revés. Algún día la veremos desde otro punto de vista. Entonces entenderemos.
     La Biblia también dice: «El llanto puede durar toda la noche, pero a la mañana vendrá el grito de alegría» (Salmo 30:5). Transcurrido un tiempo, nuestro sufrimiento se ve desde otra perspectiva. Mediante él adquirimos sabiduría y nos volvemos más compasivos con los que sufren.
     Aunque no siempre nos percatemos de ello enseguida, Dios siempre tiene un propósito y un designio para todo lo que permite que nos suceda. No tenemos más que confiar en Él, convencidos de que si hoy no comprendemos Sus motivos, ya los entenderemos más adelante. En cualquier caso, a pesar de nuestros escasos conocimientos y comprensión de algunas cosas, podemos tener la certeza de que Su amor no nos fallará.
     Pasaremos por momentos dolorosos —no hay duda—, pero gracias a Dios, no terminaremos desesperados ni desamparados. «Estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, [...] ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús» (Romanos 8:38,39).

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